Violencia ejercida por la mujer en la pareja: Una perspectiva psicológica sin tabúes
En la práctica clínica, la psicología aborda la dinámica de pareja analizando los patrones de interacción, el manejo del conflicto y la regulación emocional, independientemente del género de quien ejerza o reciba la agresión.
Si bien estadísticamente la violencia ejercida por hombres hacia mujeres es la que registra un mayor volumen de casos graves y secuelas físicas extremas, la violencia ejercida por la mujer hacia su pareja es una realidad clínicamente documentada que requiere atención, análisis y desestigmatización para ser abordada con eficacia.
Manifestaciones y dinámicas frecuentes
A diferencia de la agresión que suele manifestarse principalmente mediante la fuerza física directa, la violencia ejercida por la mujer tiende a concentrarse en dinámicas psicológicas, emocionales y de control, aunque no se excluyen agresiones físicas de diversa intensidad.
- Violencia psicológica y emocional: Uso sostenido de la humillación, la descalificación pública o privada, el desprecio, las amenazas de abandono y la manipulación afectiva (como la retirada deliberada del afecto o el silencio castigador).
- Control coercitivo y aislamiento: Monitoreo constante de llamadas, mensajes y redes sociales; control sobre las finanzas del hogar; y la privación del contacto de la pareja con su red de apoyo (familiares o amigos).
- Instrumentalización de terceros: Uso de denuncias falsas como amenaza, o la manipulación del vínculo con los hijos para chantajear o distanciar a la otra parte.
- Agresión física directa o indirecta: Lanzamiento de objetos, bofetadas, empujones o agresiones físicas aprovechando momentos de vulnerabilidad o la asimetría de expectativas de respuesta.
Factores psicológicos subyacentes
Desde la perspectiva psicoterapéutica, esta conducta raras veces surge de forma aislada. Responde a una combinación de factores individuales y relacionales:
- Déficit en la regulación emocional: Dificultad para gestionar la ira, la frustración o el miedo al abandono, lo que deriva en respuestas impulsivas o desproporcionadas.
- Modelos relacionales aprendidos: Haber crecido en entornos familiares donde el control, la agresión verbal o el chantaje afectivo eran la forma habitual de resolver conflictos o imponer autoridad.
- Estilos de apego ansioso o desorganizado: La desesperación por mantener el control del vínculo relacional conduce a conductas coercitivas ante la amenaza percibida de distanciamiento.
- Justificación socio-cultural: La percepción errónea de que el comportamiento agresivo propio no representa un riesgo real por el hecho de ser mujer, lo que disminuye la autocrítica y la responsabilidad sobre los propios actos.
Impacto en la persona agredida y barreras de denuncia
Quien padece esta violencia suele enfrentar un doble sufrimiento: el daño psicológico intrínseco a la agresión y la invisibilización social.
- El estigma de la vulnerabilidad: El condicionamiento cultural de la masculinidad dificulta que muchos hombres reconozcan o verbalicen que están siendo maltratados, por temor al ridículo, al juicio social o a no ser creídos.
- Aislamiento y deterioro de la autoestima: La desacreditación constante termina minando la autoconfianza de la persona agredida, generando estados de indefensión aprendida, ansiedad crónica o depresión.
- Sesgo en las redes de ayuda: La falta de recursos específicos o la sospecha inicial por parte de las instituciones puede desmotivar la búsqueda de ayuda profesional o legal.
Hacia una intervención clínica integral
El abordaje terapéutico de esta problemática requiere neutralidad, empatía y firmeza ética:
- Para quien ejerce la agresión: La intervención debe centrarse en la responsabilidad individual, el desarrollo de la inteligencia emocional, el desmantelamiento de patrones de control y el aprendizaje de estrategias de comunicación asertiva no violenta.
- Para quien la padece: Es prioritario validar su experiencia sin juzgarla, reconstruir la autoestima, establecer límites claros y evaluar si la relación representa un entorno seguro o si se requiere un plan de salida.
Conclusión: Reconocer y atender la violencia ejercida por la mujer no invisibiliza ni compite con otras formas de violencia doméstica; al contrario, fortalece la comprensión global de las relaciones saludables. Abordar el maltrato de manera objetiva y desde la salud mental es indispensable para garantizar el bienestar emocional de todos los miembros de la pareja.